El fenómeno revisionista en España: en torno a Pío Moa (V)

Iósif Vissariónovich Stalin (1878 - 1953)

El peligro revolucionario, en torno al 18 de julio de 1936.

Muestra clara de la adscripción de Moa a las tesis franquistas es la terminología con que nombra a los contendientes de la Guerra Civil. El bando sublevado es el «nacional» y el republicano es denominado «frentepopulista» y, en ocasiones, «rojo», habida cuenta de que el frentepopulismo, el sovietismo y el «terror rojo» constituyen (según Moa) dimensiones de un mismo fenómeno totalitario contra el que se encuentran indefensas las fuerzas democrático-cristianas de la CEDA.


Moa insiste mucho en la teoría conspirativa: un Frente Popular bajo control del aparato estalinista que prepara una revolución totalitaria. Sus argumentos sobre una inminente «revolución soviética» en España convierten el 18 de julio en una actuación en defensa propia. Sin embargo, la amenaza de una supuesta conspiración comunista en la primavera de 1936 ya había sido refutada por Herbert Southworth en El mito de la cruzada de Franco, obra de 1963 que ya hemos citado en este blog[1]. El bando sublevado insistió (tanto en el interior como en el extranjero) en la difusión de cuatro documentos que (sin sellos, membretes o firmas de algún tipo) vendrían a demostrar la conspiración comunista contra la República. Estos cuatro papeles carecen, hoy en día, de cualquier tipo de credibilidad para los historiadores (independiéntemente de sus afinidades políticas).

Al contrario que la mayor parte de la investigación, Moa promulga la idea de una pasividad legalista del espectro conservador y reaccionario español hasta los días previos al golpe. Antes bien, son presentados como víctimas de un escenario político bolchevizado. El clima de anarquía y violencia política que nos presenta sin posible comparativa con otros contextos europeos contemporáneos (la campaña de «terror rojo») llegaría a su máxima expresión en lo que este ha denominado, de forma poco original, el «crimen de Estado del líder de la oposición» (es decir, el asesinato de José Calvo Sotelo), dando lugar a una respuesta in extremis del sector más patriótico del país. Esta es la narrativa moísta, que transforma el golpe -de una agresión a la legalidad- en un acto de defensa propia.

En Los orígenes de la guerra civil, indica: 

«el 12 de julio de 1936, Condés organizó el asesinato del líder monárquico Calvo Sotelo y de Gil Robles. Tuvo éxito en el primero, llevando a su clímax el antagonismo entre izquierdas y derechas, que determinó la continuación de la Guerra Civil»[2]

Moa elevaba de este modo el asesinato político a la categoría de Crimen de Estado (sin aportar más pruebas que la participación de un indivíduo perteneciente a un cuerpo de seguridad del Estado que entonces estaba cesado en sus funciones), haciendo uso equívoco de este concepto, con la intención de cargar al gobierno una nueva responsabilidad en la destrucción del Estado.

Por tanto, la Guerra Civil se nos presenta como la continuación de aquello que en octubre de 1934 iniciaban las izquierdas

«En el alzamiento militar de julio del 36 no puede verse la culminación de una sorda subversión antirrepublicana desde el mismo nacimiento del régimen, sino una rebelión ante una situación juzgada insoportable no sólo por las derechas, sino también por políticos izquierdistas, empezando por Prieto»[3].

En Los Crímenes de la Guerra Civil, lo planteaba en estos términos: «se trataba (…) de elegir entre la rendición incondicional a Franco o la sumisión a Stalin»[4]. Moa califica al bando republicano como «protectorado soviético», actualizando la tergiversación, y hace (de nuevo) alusiones al «robo del oro del banco de España», el «oro de Moscú»: la mitología fundamental de la dictadura[5]. Vemos, por tanto, que Moa va reciclando las tesis tradicionales de la historia franquista.


Monumento del cementerio de La Almudena (Madrid) a la aviación alemana en la guerra civil.


El apoyo internacional a la II República:

Desde los primeros momentos del golpe, los sublevados difundieron la falsa imagen de una República bien armada, que contaba con un apoyo diplomático y material muy superior e inmediato, proveniente de la URSS y de Francia. El bando franquista siempre se ocupó de ocultar debidamente el alcance y magnitud de la ayuda que ellos recibieron de Alemania e Italia. Siempre aseguraron que la ayuda italo-alemana llegó como respuesta a la disposición de Francia y la URSS. La narración «tradicionalista» (como la denomina Moradiellos), pretendía que el bando autodenominado «nacional» fue siempre un ejército nacional que (con la ausencia de ayuda extranjera) habría derrotado rápidamente al bando de los «rojos» mercenarios.

Moradiellos explica, en un artículo de respuesta en el El Catoblepas, que las opiniones de Moa siguen también al pie de la letra las tesis tradicionales del franquismo e incide en las omisiones interesadas, sistemáticas y repetidas de fuentes y bibliografía actualizada sobre cuestiones militares y de diplomacia europea en aquel periodo. Las fuentes secundarias que utiliza Pío Moa provienen de los militares franquistas Jesús Salas Larrazabal y Ramón Salas Larrazabal.

Enrique Moradiellos
Como especialista en cuestiones de diplomacia republicana, Moradiellos denunció el soslayo de documentación primaria realizado por Pío Moa. Éste no conocía ni por asomo los fondos archivísticos en los cuales se encuentra la documentación diplomática del régimen nazi y la Italia fascista (la serie Documents On German Foreign Policy y Documenti Diplomatici Italiani) que desmiente sus cifras. Moa también soslaya en este asunto la investigación de John Coverdale, Raymond L. Proctor, Ismael Saz y Ángel Viñas. Frente a los 21 aviones italianos «a principios de agosto de 1936» que defiende, la cifra real los duplica.

Sucede algo parecido con la sustancial «rebaja» que aplica Moa a las ayudas de aviones alemanes que (de los 26 propuestos por este) ascienden a 41, haciendo una ayuda inicial y total al bando sublevado de 89 aviones entre los dos países. También se inventa -literalmente- la presencia de aviones y cazabombarderos franceses en los primeros momentos del golpe: el propagandista Moa asegura que la República recibió 50 aviones, negando a sus lectores la información clave referida a la no intervención que se impuso desde los días siguientes al golpe (el 25 de julio) tras la actuación diplomática de Inglaterra, que pretendía evitar un enfrentamiento directo con la Alemania de Hitler.

En definitiva: Moa pretendía enunciar un falso equilibrio de fuerzas entre ambos bandos, mediante su singular estilo y su narración equidistante, evitando cualquier referencia al estudio del entramado conspirativo civil (véase los recientes trabajos de Ángel Viñas), la compra de armas italianas antes de que el golpe tuviera lugar, en junio (también estudiada por Viñas), o a la indefensión en que se vió la República para defender su soberanía al no poder adquirir armamento en el mercado internacional (por la constitución del Comité de No Intervención, que arruinó cualquier posibilidad de reducir la oposición en los importantísimos días iníciales)[6]. Y es que hay neutralidades que matan.

Según la versión revisionista, el equilibrio militar quedaría roto con la «masiva» intervención de la URSS, fenómeno que obligó a las potencias del Eje a replicar desde octubre de 1936 con una mayor colaboración militar. Sin embrago, Moradiellos mostró que no se tompe ningún equilibrio masivo en otoño (por parte de la URSS) puesto que en realidad la intervención soviética sirvió para contrarrestar temporalmente el desequilibrio e inferioridad del bando republicano.

Moa lo expresaba así: 

«…lucharon unos 70.000 italianos, 15.000 alemanes y menos de un millar de portugueses y otros tantos irlandeses, en la zona nacional. Los brigadistas internacionales solían cifrarse en 35.000 aunque Jesús y Ramón Salas muestran convincentemente, a partir del número de bajas, que debieron de ser en torno al doble (…) los oficiales y especialistas rusos sumaron, oficialmente unos 2.000, pero en realidad debieron de alcanzar una cifra cercana a la de los alemanes (…) De los marroquíes, vinieron a España unos 70.000»[7].

Moradiellos refuta la rebaja en las cifras de Moa: el número de soldados italianos eran conocidas desde hacía mucho tiempo: un total de 72.775 hombres entre ejército y milicia, a lo que debe sumarse 5.699 hombres que formaron parte de la fuerza aérea. Un total de 78.474 hombres

La tergiversación mucho mayor cuando se aborda el número total de soldados incorporados en ayuda del contingente republicano, siendo coherente también con el proceder de la propaganda franquista, consistente en inflar las cifras de las Brigadas Internacionales para «justificar» mejor el apoyo italo-alemán y el fracaso en la toma de Madrid aquel primer año de guerra.

Moa tampoco había consultado la documentación del archivo de la Comintern, donde Rémi Skoutelsky cuantificaba en 34.111 el número de voluntarios (cifras corroboradas por un informe del servicio secreto militar que recibió el mariscal Voroshilov por aquella época). Las cifras totales de brigadistas (a lo largo de toda la guerra) aportadas por Moa (sus 70.000 hombres) constituyen, de esta forma, otro ejemplo de libro sobre la tergiversación bajo apariencia de equidistancia[8].

La respuesta que da Pío Moa a este documentado artículo de Enrique Moradiellos no sólo defrauda a todo aquel que busque una «refutación» seria y documentada basada en evidencias empíricas y en la contrastación de fuentes extranjeras. Una refutación que, curiosamente, siempre reclama el propio Pío a los historiadores. Antes que eso, Moa revierte la polémica a cuestiones ideológicas. Como suele ocurrir en el estilo polemista de Moa, éste responde con un artículo donde no intenta presentar documentación y prescinde de aparato crítico aguno. Un clásico desprecio por las fuentes.

No nos vamos a extender, por tanto, en los modos y en el estilo de las respuestas que recibe Moradiellos, puesto que un rápido repaso personal es suficiente para comprobar que el revisionismo siempre busca y requiere de marcos de confrontación polémicos, cargados de juicios éticos y políticos presentistas sobre el pasado, y aplicando corsés ideológicos que anulan el papel del especialista al tiempo que evitan un debate basado en fuentes. Así, el revisionismo logra mayor publicidad y reconocimiento social, al representar un papel pretendidamente quijotesco y heterodoxo, que atrae de forma inmediata a cierto tipo de lectores. 

El mismo Moa reconoció después el grueso de las críticas. Eso sí, a posteriori, con la boca pequeña y fuera de la propia polémica. De algún modo era un reconocimiento a su escaso rigor metodológico, pese a lo cual pretendía mantener en vigor (frente a su público) la brillantez de sus ocurrencias. Al márgen de las opiniones que cada cual llegue a adoptar, en esa polémica y en la voluminosa historiografía levantada por los investigadores tenemos un botón de muestra para juzgar la calidad de las pruebas presentadas por cada cual.


Seguimos aquí: 
https://minuciaspublicas.blogspot.com.es/2014/08/el-fenomeno-revisionista-en-espana-en_30.html



[Nota: actualizamos la entrada para notificar la retirada del monumento del cementerio de La Almudena de Madrid dedicado a la Legión Condor alemana, gracias a la intervención de la embajada: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/07/01/madrid/1341169585_005137.html ]



[1] Afirma Southworth en El mito de la cruzada de Franco, Barcelona, Debolsillo, 2011, pp. 358-372, que ya desde el final de la guerra fueron cuatro críticos los que intentaron demostrar la veracidad de los cuatro «documentos secretos» que sancionarían, a parecer, la organización de un falso levantamiento de derechas, como excusa para alzar la revolución comunista con un soviet presidido por Largo Caballero: eran Madariaga, Cattel, Bolloten y Thomas. Ninguno de ellos fue capaz de determinar la certeza de su validez, aún estando dispuestos a darles cierto pábulo. Lo cierto es que eran documentos públicos y notorios antes del 18 de julio y no se concibe qué clase de conspiración podía estar en marcha cuando el mismo 30 de mayo de 1936 apareció un artículo del diario Claridad (que dirigía Araquistáin) firmado por Largo Caballero, que habiéndose hecho con copia del documento I y II, ridiculizaba en público semejante opción y recordaba que no estaba la organización obrera en condiciones de semejante empresa. El PSOE había aprendido mucho de la experiencia de octubre del 34.
[2] Moa Rodríguez, Pío: Los orígenes…, Opus cit., p. 51.
[3] Moa Rodríguez, Pío: Los mitos…, Opus cit., pp. 188-189.
[4] Moa Rodíguez, Pío: Los crímenes de la guerra civil y otras polémicas, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004, p. 127. Remitimos de nuevo a Southworth para comprobar cómo estas justificaciones constituían el núcleo de la propaganda franquista, en: El mito…, Opus cit., pp. 372
[5] «El carácter revolucionario del nuevo estado se coronó convirtiéndolo en protectorado  soviético, proceso en el cual sería decisivo el envío del grueso de las reservas financieras españolas a Moscú», en Moa Rodríguez, Pío: Los mitos…, Opus cit., p. 294. Cabe indicar que ningún historiador, ni tan siquiera conservador (su admirado Stanley Payne entre ellos) defiende hoy en día la visión falsaria del robo del oro y se conoce perfectamente cómo fue el proceso de traslado bajo el gobierno Giral y su depósito y su progresiva venta a cambio de divisas en el mercado internacional, para la obtención de armamento.
[6] Remitimos de nuevo a Viñas, Ángel: Los mitos del 18 de julio, Opus cit. En este libro se han publicado los sustanciosos «contratos italianos» de material militar fechados el 1 de julio de 1936, mostrando que el golpe no sólo contaba con el apoyo de un entramado civil sino que la aquiescencia y apoyo de la Italia fascista a un golpe que terminara con la República era prioritario, por cuestiones estratégicas en el mediterráneo, casi desde su nacimiento.
[7] Moa Rodríguez, Pío: Los mitos…, Opus cit., p. 516.
[8] Moradiellos García, Enrique: «Las razones para una crítica histórica: Pío Moa y la intervención extranjera en la Guerra Civil española», El Catoblepas, 15, 2003 [disponible online en http://nodulo.org/ec/2003/n015p11.htm].

Comentarios

  1. Creo que se ha colado un anglicismo.
    "la cifra actual los duplica." ese "actual" tendría que ser un "real".

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