El fenómeno revisionista en España: en torno a Pío Moa (I)



A eso se le dio el nombre de técnica de «la Gran Mentira», Johnny. Se da la impresión de que se sabe de qué se está hablando, de que se citan hechos reales. Se habla a gran velocidad, alternando las propias mentiras con una aparente teoría de conspiración y repitiendo las mismas aseveraciones una y otra vez. Los que desean una excusa para odiar o maldecir, los que poseen un ego exagerado pero débil, aceptarán de inmediato una explicación simple y sencilla de cómo es el mundo. Esos tipos nunca exigirán hechos.

«El Cartero», David Brin.






La historiografía sobre la II República y la Guerra Civil antes del revisionismo

En 1999 aparecía la primera edición de un tributo al historiador Manuel Tuñón de Lara (fallecido en 1997) donde se hacía un estado de la cuestión sobre el tratamiento historiográfico de la Segunda República, la Guerra Civil y la transición política española[1]. Era en este momento -también- cuando se publicaba el primer libro de Pío Moa, Los orígenes de la Guerra Civil española, una obra que recibió escasa atención del público pero que después sería reeditada, tras el fulgurante éxito de Los mitos de la guerra civil (2003). Poco después, los libros de Moa se iban a abrir paso entre el público español, inaugurando un novedoso fenómeno revisionista.
Manuel Tuñón de Lara (1915 - 1997). Historiador marxista en el exilio.



La trilogía de Pío Moa se publicó en una editorial modesta: Los orígenes de la guerra civil española (Madrid, Encuentro, 1999); Los personajes de la República vistos por ellos mismos (Madrid, Encuentro, 2000) y El derrumbe de la Segunda República y la guerra civil (Madrid, Encuentro, 2001). Será en 2003 cuando se publique el éxito comercial conocido como Los mitos de la guerra civil (Madrid, La Esfera de los Libros, 2003) al que seguirían muchos otros de diversa temática, llegando a abarcar todos los periodos de la historia española e internacional.

El debate relativo al revisionismo, que seguiría a sus primeras publicaciones, tuvo un alcance social, político y cultural sobresaliente. Debemos aclarar, sin embargo, la falta de interés  historiográfico de dicho debate que supuso, de cualquier forma, un fenómeno de gran importancia para el debate político de nuestra democracia.

La valoración que hicieron en 1998 los historiadores universitarios y profesionales, se alejaba mucho del perfil que iba a reflejar la obra de Pío Moa. Santos Juliá, por ejemplo, explicaba el modo en que, a partir de la muerte de Francisco Franco, se había superado progresivamente una primera fase de investigación cuyo único objetivo era la búsqueda de culpables y víctimas de la Guerra Civil. Esta tendencia historiográfica franquista insistía en estudiar la Segunda República desde el ángulo del episodio antecedente e inexorable del conflicto fratricida[2].

Según Santos Juliá y Paul Preston, la ampliación del objeto de estudio histórico con las investigaciones regionales y locales -ya en los años ochenta- había terminado por anular la simpleza de las tesis que anteriormente dictaba la historiografía franquista y los primeros hispanistas (extranjeros que se interesaron por nuestro episodio bélico). Destacaban también la incorporación de los nuevos investigadores españoles, como Ismael Saz, Enrique Moradiellos o Hipólito de la Torre (para el ámbito de la diplomacia internacional republicana). Destacaba la trayectoria de Jordi Palafox y Francisco Comín.

Pero Juliá también ponía alguna nota de decepción: «no ha existido ninguna escuela original de historia social en España», pese a poner gran énfasis en la alta calidad de figuras individuales como Julián Casanova, Mary Nash o George A. Collier. También cuestionó algunas conclusiones de la síntesis sobre el periodo republicano de Stanley Payne (1995)[3].


Historiador y politólogo Santos Juliá (La Coruña, 1940)

Paul Preston, por su parte, repasaba la historiografía sobre la Guerra Civil, desde el franquismo hasta aquel momento. Ponía de relieve que el supuesto pacto del olvido en torno al conflicto español, durante la Transición, no fue tal. El único pacto de silencio que se vivió en los años de la transición provino desde la administración política: la administración de la memoria pública, como quedó de manifiesto con la negación del gobierno del PSOE a celebrar algún tipo de conmemoración en el cincuentenario de 1986[4]. Preston recordaba que el primer franquismo había creado la historiografía de la cruzada, «obra de policías que se adueñaron de documentos históricos y los suprimieron», de militares, propagandistas del gobierno y del clero.

En los años 50, Eduardo Comín Colomer, Mauricio Carlavilla y Ángel Ruíz Ayucar crearon un discurso magnificador del llamado «terror rojo»  y la amenaza de los complots comunistas sobre la integridad del país. El régimen franquista puso gran interés en impedir la actividad investigadora del periodo más reciente y fomentó que los historiadores trabajaran en otros periodos menos sensibles, imposibilitando el acceso a la documentación de los archivos nacionales.

Debido a la entrada clandestina de nuevas firmas del exilio, como los Cuadernos de Ruedo Ibérico (creados por Jorge Semprún y Fernando Claudín en junio de 1965) o la gran síntesis de Hugh Thomas (The Spanish Civil War) y las obras polémicas antifranquistas de Herbert R. Southworth (El mito de la cruzada de Franco y Guernica!), el régimen se vio obligado a reciclar su historiografía creando el Centro de Estudios de la Guerra Civil cuyo director iba a ser -por nombramiento de Manuel Fraga Iribarne- Ricardo de La Cierva.



Ricardo de La Cierva intentaría combatir con el uso combinado de la censura y una nueva producción bibliográfica las obras de Thomas y Southworth[5]. La censura concedía cierto estatus privilegiado a los hispanistas en aquella época. Fue en el extranjero donde se produjo un «fructífero debate» entre algunos de los hispanistas más conservadores y anticomunistas como Stanley Payne, Edward Malefakis, J. W. D. Trythall y el propio Raymond Carr. Ricardo de La Cierva terminaría por abjurar de las antiguas interpretaciones de «cruzada» y se acercaría a las tesis mantenidas por estos, en un claro reconocimiento de su incapacidad para mantener las interpretaciones del régimen de los años 40 y 50[6].



En los años 80, con el rápido crecimiento de las investigaciones universitarias, iba a desputar la generación de Santos Juliá, Julián Casanova, Aurora Bosch, Enrique Moradiellos, Ismael Saz, Javier Tusell, Ángel Viñas y otros. Aunque algunos tenían una trayectoria más amplia (caso de Viñas y Juliá), representaban un importante salto hacia adelante metodológico. A los numerosos estudios regionales y locales se sumaba la maestría del veterano Tuñón de Lara, en su seminario anual de la Universidad francesa de Pau[7].

El papel de vanguardia que los hispanistas habían jugado en el tardofranquismo daba paso, ahora, a una hegemónica producción de historiadores españoles. El conocimiento se ampliaba exponencialmente, se entraba en el nuevo siglo y, como veremos, la labor historiográfica siguió aportando luz a nuevas fuentes y nuevas líneas de trabajo.





[1] De la Granja Sáinz, Jose Luís, Reig Tapia, Alberto,  Miralles, Ricardo, y Aróstegui, Julio: Tuñón de Lara y la historiografía española, Madrid, Siglo XXI, 1997.
[2] Juliá, Santos: «Historiografía de la Segunda República» en De la Granja Sáinz, Jose Luís, Reig Tapia, Alberto,  Miralles, Ricardo, Aróstegui, Julio: Tuñón de Lara y la historiografía española, Madrid, Siglo XXI, 1997, pp. 147 y ss.
[3] Santos Juliá valoraba mucho la obra de Payne –La primera democracia española– pero veía en su síntesis una voluntad de equilibrio que «paulatinamente inclina la carga del desastre hacia la izquierda republicano/socialista más que hacia la derecha católico/monárquica.» El hecho de que el fracaso de la república se atribuyera a cuestiones de liderazgo, a juicio de Juliá, devolvía el debate a un terreno inacabable. Finalizaba diciendo que «Tal vez la única vía de salida consista en devolver al historiador al único campo en que realmente disfruta de competencia: conocer e interpretar el pasado más que buscar culpables, porque al final, si se opta por esta segunda vía, la balanza se inclinará fatalmente del lado de la ideología del propio historiador».  Juliá, Santos: «Historiografía de la Segunda República» en Ibíd., p. 158.
[4] Véase Preston, Paul: «La historiografía de la Guerra Civil española: de Franco a la democracia», en Ibíd., p. 162. Santos Juliá también defenderá que no existió pacto de olvido a partir de 1977, pero otros historiadores como Francisco Espinosa Maestre discreparán, dando origen a la polémica de los historiadores en torno a la necesidad de las «políticas de memoria», pero es un asunto al que no podemos aproximarnos aquí, aunque dicha polémica ha dado una impresión desafortunada entre los ciudadanos no conocedores de la historiografía. Puede hallarse el punto de vista de Espinosa expresado en «De saturaciones y olvidos. Reflexiones en torno a un pasado que no puede pasar», Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2007.  
[5] A juicio de Preston, «al adoptar la premisa de que la guerra había llevado a hombres moderados a alzarse en armas a regañadientes en defensa propia, La Cierva estaba abriendo puertas que nunca podrían cerrarse del todo, aunque él se afanara en hacerlo desde su posición segura en el aparato de la censura». La polémica de Ricardo de La Cierva con Herbert R. Southworth iba a suponer la respuesta del norteamericano en un famoso artículo titulado «Los bibliófobos: Ricardo de la Cierva y sus colaboradores», donde este autor pondría al descubierto las ocultaciones bibliográficas que estos practicaban (también las obras mal citadas, omisiones e invenciones incluso). Preston, Paul: «La historiografía de la Guerra Civil española: de Franco a la democracia» en De la Granja Sáinz, Jose Luís, et al.: Tuñón de Lara…, Opus cit., pp. 166-167.
[6] Ricardo de La Cierva utilizó  a su favor las discrepancias en el seno de los autores extranjeros, libres de la censura, proclamando un nuevo «consenso universal» de la guerra española, actitud que resultaba, a su juicio, hipócrita en extremo, dado que los archivos estatales seguían cerrados a cal y canto en España. Preston, Paul: «La historiografía de la Guerra Civil española: de Franco a la democracia» en Ibíd., p. 170-171.
[7] El profesor Reig Tapia, Alberto: Anti-Moa, Barcelona, Ediciones B, 2006, p. 99-102, también se refiere a la gran influencia de Tuñón de Lara en la formación generaciones de historiadores, sociólogos, filósofos y juristas, desde que inicie su docencia, en calidad de exiliado, en 1965.

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