El republicanismo blasquista: una experiencia política ante la gran crisis de sistema de la Restauración (I)






“En unos momentos en que España se encuentra sin pulso, el republicanismo reaparece como un regeneracionismo desde abajo. Los lugares comunes del ideario republicano (fe en el progreso, defensa de las libertades,  laicismo, reformismo social) son acuñados en el troquel del sentimiento popular y voceados con su lenguaje.”

Ramiro Reig.

 
El republicanismo (1898 – 1914) y la ruptura del encasillado:

A finales del siglo XIX el republicanismo fue descrito por el propio Pérez Galdós (que no tardaría en militar en sus filas) como una reedición de la Torre de Babel, puesto que en este se daban ideologías contrapuestas, mínimamente coincidentes, y que incluso parecían más distintas entre sí que entre algunas de las restantes fuerzas políticas. El desastre del 98 tuvo en España el efecto de provocar, entre los republicanos, la conciencia de necesidad de una unión política sólida. Así, en marzo de 1900 surgió la Unión Nacional Republicana. En 1903 obtuvo buenos resultados electorales llegando a los 36 escaños. Además, en esa última fecha se convirtió en definitiva la jefatura y liderazgo de Salmerón sobre la totalidad del movimiento republicano.

Lo más típico de este republicanismo de final de siglo fue una actitud exaltada protagonizada por líderes más o menos calificables de intelectuales pero siempre populares, sedicentemente revolucionaria, con un contenido más anticlerical que propiciador de la revolución social, y, al mismo tiempo, con una capacidad de atracción sobre la clase obrera, especialmente entre los anarquistas. El prototipo de este género de republicanismo nos lo ofrece la persona de Alejandro Lerroux, que fue durante años un factor imprescindible en la política barcelonesa. Vale la pena consultar, en este sentido, la ya clásica obra de José Álvarez Junco: El emperador del paralelo.


En 1908 nacía el Partido Republicano Radical de Lerroux, un partido implantado en la clase obrera y anticlerical, y que se vio envuelto en los hechos de la Semana Trágica de Barcelona de 1909. Siendo al principio, un partido nada anticatalanista, con el paso del tiempo se fue haciendo españolista en enfrentamiento directo con la Lliga y las posiciones burguesas del catalanismo político. Pero a comienzos de la segunda década del siglo XX surgía, por iniciativa del grupo parlamentario republicano, una gran Conjunción Republicano-Socialista que consiguió la elección de Pablo Iglesias, por Madrid (1910). Esto marcaría un punto de inflexión en la composición social del movimiento republicano.

Otro partido importante surgido en esta crisis de final de siglo, del contexto regeneracionista, fue el Partido Reformista de Melquíades Álvarez. Intentaba reanudaba la tradición del posibilismo castelarino. Álvarez declaró no tener en nada en contra de una monarquía capaz de comportarse como lo hacían las de Bélgica, Italia o Gran Bretaña, y llegó a defender que, en España, los monarcas podía resultar más progresistas que el pueblo. El programa de los reformistas era semejante al del liberalismo radical inglés: soberanía del poder civil, secularización del Estado (matrimonio civil, supresión del presupuesto del clero y separación de la Iglesia y el Estado) y reforma social (nacionalización de minas y ferrocarriles y medidas de apoyo al sindicalismo)[1].

En este contexto nacional, el encasillado (un método de control electoral del régimen canovista) iba a dejar de tener sentido gracias a la acción decidida de los grupos federalistas de la ciudad de Valencia en las primeras elecciones por sufragio universal masculino. Iba a comenzar la infiltración en la institucionalidad del régimen. En 1891 obtienen dos de los tres puestos a diputado que ofrecía la ciudad. En las siguientes elecciones de 1893 y 1895 se consiguió restablecer el turnismo de los partidos del régimen, pero en 1898 obtenía su plaza de diputado el republicano unitarista Blasco Ibáñez, con un apoyo muy superior al de los candidatos monárquicos. Desde entonces y hasta 1936, el blasquismo iba a dominar Valencia, contando con representación nacional y siendo la más importante herramienta movilizadora de masas en esta ciudad. Un observatorio nada desdeñable en un país teñido de candidaturas y alcaldías monárquicas.

Un diputado carlista dirá: “no se puede hacer nada en Valencia sin contar con los amigos del Sr. Blasco”. Sin embargo, el dominio municipal no se correspondería con la importancia del movimiento en Madrid, aunque el fenómeno supuso la quiebra del bipartidismo a nivel local. En Valencia, su dominio y hegemonía fue indiscutible. Los líderes y la población valenciana llegarán a percibir su completa victoria sobre sus rivales –carlistas e integristas de la Liga Católica– aunque estos adoptarán los métodos y herramientas de los partidos de masas para plantarles cara[2]. La batalla por Valencia se iba a librar, en cualquier caso, en el escenario social de la política de masas.




El blasquismo como populismo:

Se ha interpretado el blasquismo populista desde dos coordenadas opuestas entre sí: por un lado la prensa de derechas que lo percibía como un caudillismo demagógico y tramposo, por otro lado una la historiografía de izquierdas que lo acusa de la desmovilización del movimiento obrero en Valencia y un retraso clave en su organización política. También se ha acusado al blasquismo de neutralizar el desarrollo del nacionalismo valenciano y una identidad propia a imagen y semejanza del catalanismo, debido a una supuestamente estrecha concepción municipalista[3]. Una prueba de esta última cuestión sería su rechazo a defender la enseñanza de la lengua valenciana. 

Sin embargo, casi todos los historiadores, al márgen de sus postulados ideológicos, coinciden en aceptar su vertiente populista, del mismo modo que se acepta en el caso de Lerroux: como un movimiento político que tiene una base social caracterizada por su desagregación y heterogeneidad, la cual intenta totalizar contra un anti-pueblo. Respondía así a la incapacidad del sistema canovista, para dar cabida y representación a los estratos proletarizados de la sociedad. No era algo exclusivo del canovismo, afectaba a la totalidad de sistemas liberales europeos de finales de siglo, aunque aquí sus consecuencias eran mayores dado el falseamiento de resultados electorales, sobre los cuales se asentaba la legitimidad del régimen (caciquismo, encasillado, etc.). 

El populismo implica necesariamente una idealización de esa totalidad agregadora, reconstruyendo el concepto de pueblo (en un sentido interclasista) y movilizando mitos con fuertes pluses emocionales como sucedía con el ideal de república –entendida como solución a todos los problemas del sistema-[4]. La nota distintiva del populismo es (según el teórico del populismo Laclau) que el  pueblo aquí se presenta como un todo antagónico al status quo: Blasco se constituye en mayoría frente a “lo existente”, frente al régimen. Para ello acude a la dialéctica frente a otros grupos que también aspiran a esa totalización en el campo de la hegemonía política: tal es el caso de los carlistas, los regionalistas y la Liga Católica en Valencia. El populismo como método político acaba, así, dominando en todo el espectro político: a izquierda y a derecha.


El Blasquismo como anticlericalismo:

Casi adelantándose a la estrategia de Lerroux, Blasco Ibáñez implementará una fuerte retórica anticlerical. El anticlericalismo español tenía dos raíces históricas: la primera provenía de los estratos cultivados (ilustrados y más tarde liberales) y la segunda era popular. Durante la restauración borbónica, la Iglesia católica había recuperado amplios poderes e influencia social y la crisis de 1898 activó un nuevo ciclo anticlerical, más violento. Ante el ascenso europeo del movimiento obrero y la definitiva implantación de la cultura política liberal, la Iglesia había experimentado un cambio de actitud con la encíclica Rerum Novarum, por la cual los católicos podrían participar en el sistema liberal más activamente que hasta entonces [5]. Así pues, aunque la ruptura del liberalismo con el catolicismo se mantenía (iniciada con las desamortizaciones del siglo XIX), las formas de confrontación pasaban a integrarse en el escenario y las reglas de juego marcadas por los regímenes liberales.

 Los sectores progresistas y republicanos llamaron a la movilización a través de la prensa y ejercieron el populismo, canalizando el descontento tradicional de la población con el clero hacia demandas políticas secularizadoras. El lerrouxismo y el blasquismo tenían enormes puntos en común, tanto en su lenguaje como en su pragmática. Ambos estaban vinculados a la masonería desde temprana edad [6]. Incitaban constantemente a la acción para ganar el voto popular y activaban agitaciones callejeras que acabañan con graves perjuicios a las instituciones eclesiásticas [7]. En el caso de Blasco, su fama de anticlerical será continuada por su discípulo Azzatti [8]. Se enfrentará con el arzobispo Nozaleda, denunciará la “invasión frailuna” y atacará constantemente a la Compañía de Jesús (bajo las clásicas acusaciones de conspitación). 

Esta política agresivamente anticatólica producirá la reacción social y el activismo católico con la formación de la Liga Católica, gran rival del blasquismo en Valencia, que movilizará sus medios de información y presentará sus propias candidaturas desde 1901 con el fin de socavar el republicanismo. Esta asociación política nunca supondrá una gran amenaza de reemplazo frente a los partidos dinásticos, pero creará las condiciones de conflicto inmanentes de lo político para el éxito populista de Blasco, y tendrá un efecto movilizador notable sobre las masas obreras.




[1] MONTERO, Feliciano y TUSELL, Javier, Historia de España. El reinado de Alfonso XIII, Madrid, Espasa Calpe, 2004, pp.202-221.
[2] REIG, Ramiro; “El caso valenciano: un proceso de modernización evolutivo”, en GARCÍA DELGADO, Jose Luís (Comp.), Las ciudades en la modernización de España, Siglo XXI, 1992, pp 223 y ss.
[3] REIG, Ramiro; Blasquistas y Clericales. La lucha por la ciudad en la Valencia de 1900, Institució Alfons el Magnànim, 1986, p 11.
[4] Ibíd., p 14.
[5] ALCALDE FERNANDEZ, Ángel; “Anticlericalismo y populismo” en ALDUNATE LEÓN, Oscar (coord.), I Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia Contemporánea de la Asociación de Historia Contemporánea, Zaragoza, 2008, p 3 y ss.
[6] LÁZARO LORENTE, Luís; “Blasco Ibáñez: Masonería, Librepensamiento, Republicanismo y Educación” en FERRER BENIMELI, José Antonio (coord.), Masonería, revolución y reacción, 1, 1990,  pp 213-225.
[7] El punto álgido del Lerrouxismo fue la Semana Trágica de Barcelona en 1909 donde este tuvo claras implicaciones intelectuales y políticas, aunque no materiales. Progresivamente, Lerroux fue pasando a las posturas más moderadas que luego exhibió en la II República.
[8] Ver http://www.lasprovincias.es/v/20110325/valencia/felix-azzati-dijo-tenia-20110325.html [Consultado el 18/05/2013]. Azzati en el congreso: “La Virgen no tiene votos y yo sí; luego soy más Virgen yo.” 




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